Carnaval
Ernesto Bonilla Del Valle
Extraído de "Tierra Chola"
Durante los tres días de carnavales,
bajaban los versos de la muliza,
con sus propios pasos,
por la trémula garganta de los cantores,
trayendo desde el ámbito anónimo de las musas,
el sentimiento nacido del alma misma del pueblo.
Hace muchos años que en Jauja el carnaval se hacía presente en las casas y calles, tras de las cómicas y grotescas mascaras de cartón con que los niños cubrían su alegre travesura, riéndose de la seriedad de las personas mayores, que terminaban contagiándose del alboroto infantil, cuyos gritos y risas de ingenua felicidad, se escuchaban por todas partes, rompiendo el silencio, deteniendo el tedio y aliviando la tristeza del pueblo.
La gente sencilla del pequeño mundo provincial, se alborotaba inquieta en todas partes, esperando la aparición de Ño Calixto, el Rey Momo Soberano, que ingresaba al pueblo seguido de una alegre y grotesca comparsa, pregonando a los cuatro vientos, la fingida severidad de su ordenanza, que imponía el reinado de la locura y de la mascarada, proscribiendo la seriedad y la rutina de la vida, desde el último rincón de sus dominios, durante los tres días de carnestolendas, hasta el miércoles de ceniza.
La tarde del primer día de carnavales, la juventud recorría el pueblo con una bulliciosa y entusiasta cabalgata, dejando escuchar la cadencia musical de la muliza, cuyo ritmo se mecía al compás lento del trote de los caballos, derramando en el aire las palabras apasionadas de sus canciones a los acordes de las guitarras y de las bandurrias, con el mensaje inspirado de los poetas líricos de Jauja, que soñaban con el amor y el aroma del valle.
En el recorrido musical y pintoresco de la caravana carnavalera, por las calles y las plazas, los cantores de la orquesta, trepados en el trono de flores y guirnaldas de una carreta, se detenían frente a los románticos balcones de las casonas, para cantar eufóricos, con encendida voz y cálida ternura, las quejas del corazón enamorado, haciendo vibrar las cuerdas de sus instrumentos, cuyas notas impregnaban el aire de melodía, metiéndose en le pecho de la gente, haciéndola llorar la tristeza de su efímera alegría.
Tras de la carreta de la orquesta se movían los disfraces de la comparsa, como un remolino de colores, en torno de la Pimienta, la atractiva y seductora Reina de la Farsa, y el solemne Carnavalón vestido de gracioso payaso; el pálido Pierrot, soñando con el amor de Colombina; el solitario Arlequín, tras de la reja de la prisión de sus rombos; el diabólico Mefistófeles, arrancado de las páginas del Fausto; el Piel Roja, mucho antes de lo que encerraran en el cine; el Esqueleto Humano; declarando su amor eterno a las tuberculosas, y tantos otros personajes de la farándula humana.
Los jinetes de la alegre comparsa, dialogaban nerviosos con las muchachas de los balcones, a través del teléfono de las serpentinas de colores, con el sintético lenguaje de las frases hechas y el grato olor de los globos perfumados; y los mozos carnavaleros, alborotados recorrían a pie las calles, entrando a las casas de juego, con agua, pica-pica y lluvia de oro; enredándose con las cintas multicolores de los lazos de amor; acariciándose con la fragancia de los polvos, dejando en el ambiente el delicado aroma de los chisguetes de estaño.
Los tres días de jubilo y alborozo, los globos subían hacia el balcón de la quimera, impulsados por la pasión, desde las manos de la juventud enamorada, llevando el mensaje de amor, escrito con palabras de agua, y el secreto deseo de que los signos de su escritura, acaricie la piel de la mujer amada, esperando con ansias la respuesta, en el poema de una sonrisa o en el verso sin palabras de una cálida mirada.
Pero como el mudo diálogo del agua y el papel, no era suficiente para la vehemencia del amor y la impetuosa inquietud del corazón enamorado, la juventud irrumpía en el ámbito prohibido del hogar ajeno, para acariciar a la mujer adorada, con el pretexto del juego, y percibir en sus propias manos la vibración del cuerpo idolatrado, mirándose de cerca en la niña de los ojos de sus sueños, y gritando con todo su ser la palabra ¡Amor!.
En esos días de locura y desorden, también los mozos mal intencionados y los muchachos mataperros, arrojaban globos de agua teñida, con el oculto propósito de hacer daño, pintando cuadros abstractos en los lienzos de las paredes blancas, golpeando a la gente con los globos duros de la maldad, rompiendo los vidrios del silencio, de los balcones vacíos, riéndose y haciendo a su manera, un lamentable carnaval.
Durante los tres días de carnavales, bajaban los versos de la muliza, con sus propios pasos, por la trémula garganta de los cantores, trayendo desde el ámbito anónimo de las musas, de todos los tiempos, el sentimiento nacido del alma misma del pueblo, que vive escuchando los latidos del corazón, encerrado en su pequeño mundo, gritando en silencio las palabras dolidas de un amor callado o llorando sobre el regazo de la madre tierra, la síntesis de su amor telúrico.
Y al llegar la tarde del miércoles de ceniza, una comparsa cansada, disminuida y en derrota, desfilaba hacia los extramuros del pueblo, con el acompañamiento de la fanfarria de latas, pitos y carcajadas, arrastrando los pálidos restos de una vieja osamenta, como si fuera el mísero despojo del Carnavalón, que enterraban ceremoniosamente, cubriéndolo con la carcajada escandalosa de los últimos carnavaleros y la parodia de un severo responso, para que descanse en paz como Juan Londoña, el último carnavalón vivo que la desgracia enterró en Jauja.