La mujer en la historia de Jauja
El gobierno de las cacicas durante el siglo XVIII
Carlos H. Hurtado Ames,
historiador.
La participación de la mujer en la historia de Jauja es un tema inexplorado en todo su proceso. Al igual que en la historia nacional pareciera que esta se ha escrito solo y a partir de los hombres. Lógicamente esto es un vacío que debemos subsanar, ya que la historia es de todos.
El caso de la antigua provincia de Jauja incluso tiene particularidades que hacen más interesante el tema en mención, el menos durante el periodo colonial, donde observamos la participación de mujeres regentando efectivo poder en distintos planos. Se trata de cacicas principales de la más principal nobleza indígena de la zona. En este contexto, la existencia de personajes como la célebre Catalina Huanca no son del todo fantasiosos ni ficiticios.
Veamos de qué mujeres cacicas estamos hablando. En efecto, como señalamos la costumbre de que el gobierno de los curacazgos sea sumido por mujeres en el valle del Mantaro, es un hecho que se observa en el siglo XVIII (los curacazgos eran los de Hanan Huanca, Lurin Huanca y Hatun Xauxa, actuales provincias de Huancayo y Chupaca, Concepción y Jauja). Para los siglos anteriores no hemos encontrado evidencia de una situación similar. Esta situación se dio por la circunstancia de no encontrarse heredero varón al titularato del cacicazgo del alguno de los repartimientos. Salvo la figura de dos curacas don Blas Astocuri y don Francisco Dávila Cancho Guaman, de quienes ahora no nos ocuparemos mayormente, todos los demás curacas principales han sido mujeres.
En el valle del Mantaro observamos que cuando no existía un heredero varón, los derechos de sucesión eran asumidos por las hijas mujeres, no siendo posible de precisar si eran las mayores. De esta manera, la primera mujer que ejerció el titularato de un curacaczgo en la región fue doña Theresa de Apoalaya, desde principios del siglo XVIII hasta la tercera década; la segunda mujer que ejerció el gobierno de un curacazgo fue su nuera doña Gabriela Limaylla, viuda de don Blas Astocuri, hasta mediados de dicho siglo, siguiéndole su hija doña Josepha Astocuri, a la muerte de don Francisco Dávila, su marido; finalmente lo hará doña Manuela Dávila, hija de esta última, cuando la institución curacal estaba en franca decadencia hacia finales del XVIII.
Doña Theresa de Apoalaya fue hija de don Carlos Apoalaya y doña Sebastiana Surichaqui, curaca principal de Hanan Huanca el primero y de Hatun Xauxa la segunda. Don Carlos tuvo un hijo varón, don Cristóbal, al que teóricamente le correspondería asumir el titularato de ambos cacicazgos, pero debido a circunstancias extrañas se alejó de la región. Documentos existentes en el Archivo General de la Nación, muestran que este don Cristóbal se vino a vivir a Lima, y por alguna razón no regresó más al valle del Mantaro. Ante la ausencia de este don Cristóbal, doña Theresa de Apoalaya, su hermana, asumió el titularato de ambos cacicazgos y gobiernos, firmando desde ese momento como cacica y gobernadora de ambos repartimientos, hasta el momento de su fallecimiento la tercera década del siglo XVIII, a pesar de haber renunciado el gobierno de ambos a favor de su hijo don Blas Astocuri.
Doña Theresa de Apoalya fue una mujer potentada. En vida contrajo matrimonio hasta en tres oportunidades, la primera vez con un primo hermano suyo, don Lorenzo Surruchaca, un descendiente de los Surichaqui, la línea de de nobles indígenas de Hatun Xauxa, pero que falleció al parecer tempranamente en el matrimonio; posteriormente contrajo nupcias con don Pedro Lorenzo Astocuri, curaca de Vilcashuamán con quien tuvo tres hijos, doña María, doña Sebastiana y don Blas. Es de observar, no obstante, que en algunos documentos aparece este don Pedro Lorenzo Astocuri firmando como curaca de Hatun Xauxa. El tercer matrimonio de esta señora fue con un español, obviamente tras la muerte de su marido, don Benito Troncoso de Lira y Sotomayor, matrimonio realizado en una etapa de madurez de esta cacica. Este matrimonio a la vez es parte de un proceso donde se hace más notorio el emparentamiento de la elite indígena con españoles. Al igual que su madre, sus hijas doña María y doña Sebastiana, se casarán con españoles (en cambio las hijas de don Blas Astocuri se casarán con mestizos de ascendencia indígena, como los Maruri y los Dávila Cancho Guaman, ambos linajes de Huarochirí). La riqueza de esta señora y el notorio poder que tenía en la región queda patente en la tasación de sus bienes, y las múltiples escrituras por sucesión de sus bienes que se hicieron tras su muerte.
Al lado de esta doña Theresa es necesario mencionar y tener en cuenta a otra noble indígena que, si bien no ejerció como cacica ni gobernadora de alguno de los repartimientos del valle, tuvo un rol preponderante en la articulación del poder en la región, se trata de doña Petrona de Apoalaya, hermana de la mencionada doña Theresa, y que tuvo una vida longeva, por lo que durante mucho tiempo, casi la mitad de todo el siglo XVIII, ejerció mucha influencia. Cuando revisamos la lista de bienes de ambas señoras y el poder y riqueza que claramente se trasluce de ello, quedamos, ciertamente, sorprendidos. La mayoría de las más importantes edificaciones religiosas que existen en el valle actualmente se deben a su generosidad y gran devoción de ambas hermanas.
La otra noble indígena que regentará el poder en la región, es doña Gabriela Limaylla, tras quedar viuda por la muerte de don Blas Astocuri hacia mediados de siglo. Doña Gabriela Limaylla ejerció el poder principalmente en el curacazgo de Lurin Huanca, los de Hanan Huanca y Hatun Xauxa eran gobernados por segundas personas desde que era curaca principal don Blas Astocuri, en este caso don Joseph Gabriel Astocuri y don Jacinto Mayta, aunque en algunos casos firmaba como cacica principal de los tres repartimientos. Don Blas Astocuri falleció cuando los hijos que tuvo con doña Gabriela eran menores de edad, así, Maria Thadea tenía catorce años, Josepha Espíritu trece y Adriano Magno Astocuri diez. Podríamos sugerir que por estas circunstancias o por la misma responsabilidad de ejercer el gobierno del curacazgo, doña Gabriela Limaylla contrajo matrimonio con don Francisco Ximenez, que a la vez era viudo de María Astocuri, hermana de don Blas. No podemos determinar por el momento cual ha sido el beneficio que obtuvo esta señora con dicho matrimonio, pero en los diferentes documentos que otorgó en vida, firmó como cacica y gobernadora de Lurin Huanca. No se ha ubicado su testamento, por lo que no podemos determinar hasta cuando ejerció el poder en dicho repartimiento.
A esta señora le sucede en la gobernación su hija doña Josepha Astocuri Limaylla, que firmaba como cacica gobernadora de los tres repartimientos del valle, aunque el que ejercía propiamente el cargo era su marido, don Francisco Dávila Cancho Guaman, un indio o mestizo noble de Huarochirí, con quien esta doña Josepha estableció alianza matrimonial. Con Dávila tuvieron tres hijos, don Nicolás, doña Manuela y don Miguel. Al igual que en las generaciones anteriores, por circunstancias fortuitas, el fallecimiento de su madre y de su hermano don Nicolás, doña Manuela Dávila es la que asume el titularato de la gobernación, aunque en unas circunstancias en que la institución curacal se encontraba muy deteriorada hacia finales del siglo XVIII. En tales circunstancias, además, su esposo se encontraba en grave estado mental, por lo que tenía una participación nula en el gobierno.
Los curacazgos en la región finalmente declinaron en este mismo periodo y no tenemos mayor noticia de la suerte corrida por esta doña Manuela Dávila Astocuri, última de las representantes de esta estirpe de cacicas gobernadoras. La participación de estas mujeres en la articulación del poder en la zona es clara, tanto por el poder efectivo que tuvieron, la gran riqueza material, como a partir de su gran devoción cristiana han configurado el paisaje religioso del valle y, finalmente, como fueron exitosas desde su condición misma de mujeres en una época donde una condición de esta naturaleza implicaba muchas restricciones y limitaciones. Queda pendiente determinar si fue simplemente la casualidad lo que permitido el gobierno de estas cacicas ante la falta de sucesor varón, o más bien se trataba de una “costumbre” de la zona, como señalaría una de ellas. Esto último involucraría, de ser cierto, complejas dimensiones culturales de lo que es el ser jaujino (o jaujina) que extenderían el espacio que disponemos para este artículo.