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¿Jauja fue soñada antes que fundada?, discusión sobre el origen y el orden de la memoria de su nombre
Carlos H. Hurtado Ames, historiador.
El presente es un comentario un artículo publicado en el quincenario El Reportero y que ha sido escrito por al antropólogo José Luis Álvarez Ramos titulado “El origen del nombre de Jauja: otra hipótesis”, apropósito de un artículo mío que apareció en ese mismo medio y que se tituló “Sobre el origen del nombre de Jauja: Un viejo tema para una nueva interpretación”.
Pues bien, he leído con agrado los planteamientos de Álvarez y encuentro varias cosas que merecen ser discutidas, ya que parten, considero, de una mala lectura de mi artículo en mención, y también de una cierta confusión de algunos procesos históricos que paso a comentar. Vayamos por partes.
1. De Xauxa a Jauja y el País de la Cucaña
Según J. L. Álvarez “Carlos H. Hurtado Ames (sostiene) que el nombre Xauxa es anterior a la llegada de los españoles y que de esta se deriva la palabra Hauca que en quechua significa: Descanso, holgado y apacible, que es la hipótesis desarrollada por Max Espinosa Galarza en su libro Topónimos Quechuas del Perú”. En efecto, he sostenido que el nombre Xauxa es anterior a la llegada de los españoles, y estoy convencido de ello, pero en ninguna parte he dicho que Xauxa deriva de hauca, como es efectivamente el planteamiento de Max Espinoza Galarza. Al contrario, he sostenido que la hipótesis de Espinoza Galaraza es equivoca porque pienso que se basa sobre una conceptualización de Jauja como ahora lo entendemos, en el sentido de holganza y apacible. En todo caso lo que he tratado es de buscar las raíces de esa conceptualización de Jauja como un lugar de abundancia y pienso que ello provienen del siglo XVI, de la ciudadela inca de Hatun Xauxa que encontraron los españoles a su paso al Cuzco y el impacto que les causó y la relación que encontraron con el imaginario que tenían en ese momento en su estructura mental, es decir la idea del País de la Cucaña.
J. L. Álvarez dice que no hay ninguna evidencia sólida para sostener esta afirmación. Pues si la hay, además de un contexto histórico preciso. Durante la Edad Media están en boga muchas ideas religiosas en torno al fin del mundo y la figura del Anticristo. Estas ideas y profecías determinan la aparición, a fines de la Edad Media, en los momentos de mayor desesperación debida a epidemias, al hambre, a las guerras y a las invasiones de mongoles y turcos, de innumerables utopías de tipo religioso o popular. El pueblo oprimido creía en la existencia de un lugar más o menos imaginario y actual donde se desconocía el sufrimiento y en el que los placeres se hallaban al alcance de la mano. En España se denominó a este país, Cucaña; en Francia, Cocagne; en Gran Bretaña, Cokaigne; en Alemania Schlaraffenland, y en toda Europa se hablaba también de El país de los gandules, El país de los Niños, el Paraíso de los pobres, la Montaña de azúcar, y, tras el descubrimiento de América, de Jauja. La principal característica de estos paraísos occidentales es que presentan una abundancia material semejante a la que gozan los ricos, con árboles cargados de los más costosos alimentos, ríos de miel y vino o leche, viviendas lujosas, mujeres bellísimas, etc. Esta es la idea del País de la Cucaña que sostuve en mi anterior artículo, y más que una utopía propiamente era un mito de la época medieval y que de desarrolló más desde la mitad del siglo XIII. En palabras del historiador francés Jacques Le Goff, el País de la Cucaña
“es una ciudad todavía con el sabor campestre, pero hormigueante de oficios, donde comerciantes y artesanos dan todo por nada y donde, sin ningún esfuerzo, reina la abundancia (...) la abadía con las columnas y el claustro cristalizado en azúcar; los arroyos de leche y de miel; las ocas asadas que volaban hasta la boca del consumidor, las alondras preparadas con clavo de olor y con canela, que forman el non plus ultra de la glotonería medieval (...) En suma un país de comilona permanente, donde se descansan las orgías de la fantasía” (Le Goff, 1991).
La vinculación de esta idea con Hatun Xauxa que devino posteriormente en la de País de Jauja e Isla de Jauja, la desarrollé en el anterior artículo, por lo que ahora no entraré en detalles.
La palabra Xauxa también existió antes de la llegada de los españoles, de ello hay pruebas suficientes en las crónicas y muchos estudios serios, provenientes de la vertiente arqueológica principalmente y la lingüística, como lo veremos en seguida. Pero antes nos detendremos a discutir brevemente un aspecto muy curioso en las argumentaciones de J. L. Álvarez, quien sostiene que nada de lo que nos dicen las crónicas debe ser tomado en cuenta. Veamos.
2. La importancia de las fuentes históricas
J. L. Álvarez reniega de las crónicas: “las crónicas españolas no son documentos fidedignos” parece gritar a los cuatro vientos, intentando hacernos creer que lo que ellas dicen no deben ser tomadas en cuenta bajo ninguna circunstancia. Esto en una persona interesada en el estudio de la historia es un error, en un científico social un pecado mortal. Evidentemente, toda lectura de las crónicas debe ser cuidadosa y partir de una contextualización, tanto de la información como del informante, sobre todo por los códigos culturales diferentes que tenían tanto españoles como andinos, pero esto no las desautoriza.
Más adelante agrega “Los cronistas escribieron sus libros décadas después de la “fundación” de Jauja, cuando ya era muy común ese nombre” (sic). Bueno, parece que no esta al tanto de la historia de las crónicas, ya que ellas se comenzaron a escribir desde la inmediata llegada de los españoles a tierra firme, siendo quizás la más famosa las Cartas de Colón, que es la primera noticia que se tuvo sobre América (fechadas el 15 de febrero y el 14 de marzo de 1493). En el caso del valle del Jauja, la primera crónica con la que contamos es la de Pedro Pizarro, cuyo testimonio sobre el valle es anterior a la fundación misma de Jauja por lo españoles. Además, la crítica documental que tanto reclama ya ha sido hecho por historiadores como Raúl Porras Barrenechea o Franklin Pease (Ver respectivamente Los Cronistas del Perú, 1962 y La crónica y los Andes, 1992). Ahora, para dar solidez a su descalificación de las crónicas, Álvarez recurre a John V. Murra, aunque parece ignorar deliberadamente que Murra, aparte del análisis de visitas, basa principalmente su trabajo en el análisis de las crónicas, principalmente la del Licenciado Polo de Ondegardo y su Relación de los fundamentos acerca del notable daño que resulta de no guardar a los indios sus fueros (1872).
Mas, es de agregar que no sólo en las crónicas hay evidencia de que el nombre de Jauja o Xauxa (o propiamente Shausha como se verá más adelante) ya existía aquí antes de los españoles. La “Descripción de Xauxa” (1582), contenida en las Relaciones Geográficas de Indias (1881), un documento administrativo colonial que contiene las informaciones que brindaron los caciques del lugar, a quienes se les pidió que “informen y traten y traigan a la memoria todas las cosas mas antigua”, en el capítulo trece señala lo siguiente:
“… hay tres cabeceras de tres repartimientos en él, segun se ha dicho, que el uno se llama Santa Fee de Hátun Xauxa, que fue el dicho nombre puesto por el Inca; porque ántes del Inga se llamo Xauxa, y porque asentó allí algunos dias, la llamó Hátun Xauxa, que quiere decir Xauxa la grande”.
Según esta información, y es lo que la hace tan interesante, el nombre Xauxa existía incluso antes del tiempo del Inca, lo que para nuestros propósitos es más que una evidencia. Espero que ahora J. L. Álvarez no comience a despotricar contra la mucha documentación administrativa colonial.
3. Sobre Hatun Xauxa
Aquí dos cosas, de un lado Álvarez dice “En primer lugar los antiguos habitantes del valle no hablaban quechua sino una lengua que los cronistas (de quienes tanto reniega) llamaron “huanca” y que algunos lingüistas sostienen no incluía la “r”, entre otras diferencias”. Esto es falso, no sé quienes serán los lingüistas que ha consultado, aunque sospecho que por el contrario se trata de algún aficionado que desconoce por completo la realidad socio lingüística de la región.
Como lo ha señalado Rodolfo Cerrón Palomino, y tal como lo demuestran las primeras documentaciones, en ningún momento encontraron los españoles en el valle otra lengua que no sea un variante del quechua. Cerrón Palomino sostiene que la supuesta lengua prequechua, hasta donde se sabe, no fue otra que una variante de la aru, lengua que cubría toda la sierra central y que, por consiguiente, no puede ser identificada como exclusiva de los antiguos pobladores del valle (Lengua y Sociedad en el valle del Mantaro, 1989)
Que yo sepa, en ninguna parte cronista alguno llamó huanca a la lengua que aquí se habló (como sostiene Álvarez), esta es una asignación teórica posterior. Por ejemplo, el cronista temprano Pedro Pizarro (1944) dice “Poco diferencia esta lengua de los guancas a la común: como la de los portugueses a la de los castellanos, digo la destos xauxas y la de los guancas”; y en la citada “Descripción de Xauxa”: “cada repartimiento de los tres del valle -Hatun Xauxa, Hanan Huanca y Lurin Huanca- tiene su lenguaje diferente uno de otro, aunque todos se entienden y hablan la lengua general del de los Quichua”
De acuerdo a Cerrón Palomino, el huanca, contrariamente a lo que suele decir el común de la gente, es una de las variantes más importantes del quechua central, y que a su vez presenta tres características fundamentales: 1) esta variedad estaba formada por tres dialectos claramente diferenciables; 2) que tales dialectos guardaban entre si relaciones de inteligibilidad; y 3) que, respecto de la lengua general, dichas hablas eran asimismo mutuamente comprensibles. Para Cerrón Palomino, las subvariantes serían: shausha, huaicha y huailla respectivamente para Jauja, Concepción y Huancayo, que es el resultado de una serie de cambios que tienen que ver con diferenciaciones políticas étnicas. No me extenderé en este punto porque es bastante amplio y complejo. Sin embargo, quiero destacar un aspecto importante para lo que ahora nos ocupa, en relación a los planteamientos de Cerrón Palomino. Este autor utiliza la terminología de “Shausha” en vez de “Xauxa”, y, aunque no lo dice explícitamente, ello está en relación a los fonemas originarios, donde no existe la “x”. Para el caso específico de la subvariante shausha, una de las características fundamentales es la preservación de */s/ (ejemplo sala, sana, que en Hyo. sería hala, hana). De acuerdo a esta argumentación, el nombre primigenio como se llamaban así mismos los Xauxas eran, pues, Shaushas.
El punto me pareció muy interesante, por lo que decidí consultar personalmente sobre el particular con Cerrón Palomino, quien me manifestó que empleaba "Shausha" basándose en la pronunciación del término en el siglo XVI, tal como trataron de registrarlo los españoles, echando mano de la letra para representar el fonema /sh/, propio de los dialectos quechuas del centro y del norte. De igual manera se escribió , es decir /kashamalka/ 'pueblo de espinas' (o de 'cardos', como dicen los documentos del s. XVI), pues /kasha/ es espina en el quechua central y norteño. Lo malo en el caso de /shawsha/, señala Cerrón Palomino, es que no sabemos qué pudo haber significado., aunque él sospecha que se trata de una voz de origen aimara, y que todo lo que se ha dicho sobre el vocablo es pura elucubración. Finalmente, agrega, cuando los nombres de lugar con pasan al castellano, ocurre que dicho sonido evoluciona a la jota moderna: de allí , , , etc. (Comunicación personal, febrero del 2005). Para Cerrón Palomino el problema del significado de la voz /shawsha/ resultará siendo enigmático en tanto no encontremos un dialecto quechua (o aimara), comenzando por las propias variedades del jaujino, que registre el vocablo. En fin, no puedo extenderme mucho en estos planteamientos, aunque de hecho me parecen muy atrayentes e interesantes, por lo que no he podido dejar de mencionarlos someramente. Para finalizar esta parte, señalamos que hay otros lingüistas que consideran que shausha, al igual que muchas palabras de nuestra región, son más bien de origen costeño, concretamente de Huarochirí. La principal conclusión que podemos desprender de estos planteamientos, es que la palabra primigenia era, en consecuencia, “Shausha”, de la que, a su vez, se ignora su significado, y fue corrompida en “Xauxa”, y posteriormente en “Jauja”, que adquirió el significado ya conocido por nosotros y del que nos ocupamos extensamente en nuestro anterior artículo.
El otro punto es el siguiente, J. L. Álvarez dice que “mi hipótesis (es) que JAUJA es una palabra española y que XAUXA es una transformación al quechua o localización de esta palabra, ya que los naturales del valle no podían hablar bien la “J”. Es más, podría tener un origen árabe”. Bueno, yo no se que fantaseador le habrá dicho que Jauja sea una palabra árabe, pero en fin. Por lo que se ve, piensa que la villa de nombre Jauja que existe en España es de los tiempos medievales. Lamento desilusionarlo, pero la Jauja de España, que esta en Lucena, es más bien reciente, su principal memoria histórica se remonta hacia principios del siglo XIX, donde destaca la figura de un bandolero famoso oriundo de la zona José María Pelagio Hinojosa (1806-1833) “El Tempranillo”, de ahí que su misma categoría de villa. Es de señalar que, en la información que diversas agencias turísticas ofrecen sobre el lugar, se dice que esta Jauja es, efectivamente, de origen árabe, e incluso se utiliza las coplas famosas compuestas en celebración al “País de Jauja”, inspirados, como se sabe, en la Jauja nuestra, como si fuera de ellos. Es decir, al igual que muchos otros pueblos de historia y origen reciente, están construyendo su historia e inventando su tradición. El historiador inglés Eric Hobsbwan (1983) ha observado que “las tradiciones que son reclamadas como antiguas son a menudo recientes en origen y a veces inventadas”, apreciación que nos es muy útil a la hora de preguntarnos acerca de las diferentes maneras en las que la historia es reclamada por los pueblos, como es el caso de esta Jauja de Lucena en España. No entraré en más detalles, pero presumo que J. L. Álvarez ha visto esta información turística en algún lado (está en la web sitte de rutas turísticas de Córdova), que no tiene ningún carácter académico y objetivo dicho sea de paso, e ingenuamente las ha tomado como ciertas.
Agrega además: “Es lógico pensar así (que los españoles le pusieron Jauja) porque todo grupo humano denomina a los lugares que “conquista” o “funda” con sus propios nombres”. De acuerdo a este razonamiento, Cuzco, Cajamarca, Huancavelica, o mejor dicho todas los nombres de ciudades que hay en el Perú tienen orígenes de nombres hispanos, lo que al menos a mi me parece bastante dudoso.
Además de esta Jauja de Lucena en España, en el mundo hay otras “Jaujas”, al menos otra más en España, en Trujillo, otra en México y otra en Argentina. Si asumimos como cierta la hipótesis de Álvarez, evidentemente tendríamos que pensar que el nombre de Jauja traído al Tahuantinsuyo es de España. El asunto es que no hay evidencia de la existencia de alguna Jauja entes de la llegada de los europeos a América.
Otra afirmación bastante discutible es esta: “Los curacas locales llamaron HATUN XAUXA a la ciudad fundada por Pizarro porque era el referente cultural de la alianza. Hatún es grande y no se relaciona con apacible u holgado”. La cuestión de que Jauja halla sido transformada en Xauxa por los naturales y que los curacas locales llamaron Hatun Xauxa a la Jauja fundada por los españoles es una afirmación valiente e interesante, pero completamente insostenible a mi juicio. Al decir ello estaríamos negando la existencia del centro administrativo inca de Hatun Xauxa, de la que hay una gran cantidad de trabajos que lo demuestran, e incluso ahora es visible sus restos arqueológicos y de que se llamaba Hatun Xauxa, no hay ninguna duda. Al respecto juzgo de importancia revisar la tesis doctoral de Terence D´Altroy y sus posteriores trabajos (“Empire growth and consolidation: the Xauxa region of Peru under the Incas”, 1981; y Provincial Power in the Inka Empire, 2002), donde la mayor parte de su análisis se basa en la estructuración de la economía y el poder inca mediante el estudio de Hatun Xauxa, la ciudad inca. Cuando se refiere a lo de la alianza, coligo que está hablando de la llamada alianza hispano huanca, al respecto es necesario decir que ello está más que en discusión en la historiografía peruana (ver Francklin Pease, Curacas, Reciprocidad y Riqueza, 1992), y los consiguientes correlatos que se han pretendido deducir de esa teorización. Al parecer, si los huancas y los xauxas pusieron cierta cantidad de bienes y servicios en beneficio de los españoles, era porque esperaban una situación similar por parte de ellos, debido a una norma de reciprocidad propia del mundo andino.
Al mismo tiempo, parte su análisis de una conceptualización de Jauja que tenemos ahora y que no era propia del siglo XVI. Ello lo vemos por ejemplo cuando hace referencia al nombre de Santa Fe de Hatun Xauxa, dice: “Es Santa Fe de Hatun Xauxa. Es decir Santa Fe de la Gran Jauja. Es imposible pensar que sea “Santa Fe de la gran apacible o la gran holganza” como imaginan algunos. No existe rima ni significado”. El concepto de Jauja como holganza, como explique en un anterior artículo, que se ha dado posteriormente a la conquista, no era el que se pensaba en ese momento. Las ideas y los imaginarios cambian, no son estáticos y eso al menos es básico para los historiadores. Es decir no se puede conceptuar sobre una realidad social propia del siglo XVI con categorías e imaginarios del siglo XXI. Obviamente que es absurdo algo como “Santa Fe de lo apacible”, sobre todo si no miramos la realidad histórica con un ojo atemporal, sincrónico. Además, Santa Fe de Hatun Xauxa es un construcción que recién aparece en los documentos en 1564, como lo explica Waldemar Espinoza, cuando se constituye el pueblo de indios del mismo nombre emplazado en el lugar donde esta la Jauja actual.
Para finalizar este punto, J. L. Álvarez si no nos muestra ninguna evidencia, aunque sea ínfima, de que el nombre de Jauja existía en España antes de que llegaran al Tahuantinsuyo, y según sus mismas palabras “La ciencia histórica y antropológica necesita evidencias, más que sentimientos, para poder dilucidar el objetivo de su búsqueda: La verdad”. Sin embargo me permito darle un alcance, hay un libro donde si figura el nombre del País de Jauja en el siglo XIII, es en la novela El nombre de la Rosa de Humberto Eco, pero cuyo estudio corresponde al dominio de la fantasía y la ficción, pero no de la ciencia histórica.
4. Comentario final
Sigo sosteniendo que el nombre de Jauja existía cuando llegaron los españoles al valle y que fue una corrupción de Xauxa (o Shausha si queremos ser más precisos), como parte de Hatun Xauxa, nombre de la ciudadela inca que aquí existía. Otra cosa es la conceptualición que adquirió el nombre, que se relacionó con una idea abstracta de un lugar de felicidad que es propia del universo mental de los españoles que llegaron al Tahuantinsuyo, y que fue la que posteriormente paso a España y se difundió en Europa: Jauja como sinónimo de abundancia. Es decir esta idea, o este imaginario, este sueño, existía antes de los eventos del siglo XVI, por lo que, para decirlo líricamente, Jauja fue soñada antes de ser fundada; el hombre medieval soñó ese lugar de la felicidad y la riqueza ilimitada, que el español invasor confundió al tener ante sus ojos la ciudadela inca de Hatun Xauxa, de cuya riqueza y opulencia no hay ninguna duda. Este sería entonces, siguiendo una frase acuñada por Le Goff, el orden de la memoria que le corresponde, tanto a la idea en tanto imaginario, como al nombre de Jauja, en tanto abstracción.
Creo que todas las posiciones son importantes, pero sin descuidar el fundamento de lo que se plantea y la lectura correcta de lo que ya se ha planteado. En el caso del tema que ahora nos ha ocupado, concuerdo con J. L. Álvarez, con quien tengo una jaujina amistad de hace muchos años, que el tema necesita mayor trabajo de campo o de archivo y es obvio ello, ya que a pesar del tiempo transcurrido desde la misma fundación, llamada así, de Jauja, en muchos de sus aspectos nos movemos en el campo de lo hipotético, como ahora lo vemos.
José Luis Álvarez Ramos, “El origen del nombre de Jauja, otra hipótesis”.El Reportero., Jauja, 26 de octubre – 15 de noviembre del 2004, Nº 55, p. 4 y 5.El artículo que sirve de base a la crítica de Álvarez Ramos es “Sobre el origen del nombre de Jauja: Un viejo tema para una nueva interpretación”, que aparece en esta misma web.
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