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Entre el Progreso y el Desarrollo: Historia de la Ciencia y la Tecnología en el Perú (s. XIX- XX)
Maritté Fierro Bravo
Directora de Pyos y Cooperación Técnica - ADALID
E-mail: contacto@adalid.org.pe

El siglo XIX poseyó una impronta discursiva en torno a los vocablos “orden y progreso”, lo cual resulta evidente al analizar los testimonios de época tanto de aquellos países que eran considerados centros como los de periferia. El progreso significaba prosperidad, civilización y el fortalecimiento del Estado-nación, su antítesis era la barbarie, aquello en lo cual muchas excolonias hispánicas se vieron sumergidas, especialmente en la zona de Centroamérica. En tanto se avanzaba más al sur de Estados Unidos podía percibirse países que habían logrado cierto orden político y progreso económico.

El siglo XIX fue concebido como un “siglo largo” de progreso material, intelectual y moral casi ininterrumpido, es decir, de mejora de las condiciones de vida civilizada más, según el historiador Eric Hobsbawn a partir de 1914 hubo un retroceso que evidenció que los seres humanos eran capaces de vivir en condiciones brutales, aquello que nuestros antepasados del siglo XIX habrían llamado “barbarie”.

En el siglo XIX, el progreso es percibido como la máxima ley social, el nivel equivalente de la evolución o el desarrollo. Si bien, las primeras décadas del siglo XX mantuvieron el discurso positivista; sin embargo, la palabra “progreso” va a ser desplazada lentamente por la de desarrollo. No es casual, el establecimiento de la analogía países desarrollados y países subdesarrollados o en vías de desarrollo, ni tampoco la publicación de más de un libro titulado: “crecimiento y desarrollo”.

Si establecemos las características del escenario decimonónico, marcado por un discurso positivista arraigado en el concepto de “progreso” como sinónimo de civilización y aquellas propias del siglo XX, tildado por Eric Hobsbawn como “la edad de los extremos”, bien podemos tomar dos frases contenidas en su “Historia del Siglo XX”, en las cuales podemos contrastar las opiniones de un científico y un antropólogo. Severo Ochoa un científico español, premio Nobel reflexionaba sobre el siglo XX: “El rasgo esencial es el progreso de la ciencia, que ha sido realmente extraordinario” y, Raymond Firth un antropólogo británico aseveraba: “Desde el punto de vista tecnológico, destaco el desarrollo de la electrónica entre los acontecimientos más significativos del siglo XX; desde el punto de vista de las ideas, el cambio de una visión de las cosas relativamente racional y científica a una visión no racional y menos científica”.

En ambas frases, ciencia y tecnología confluyen para explicar el cambio de pensar del hombre, pero explican asimismo un conjunto de transformaciones acaecidas desde 1914 hasta 1990, fecha que nuestro historiador británico data como el fin del siglo XX, debido a la globalización que alcanzará su cenit en presente siglo.

Este fenómeno, gracias a la proliferación de adelantos científicos y tecnológicos y a la rapidez de las comunicaciones que han eliminado el tiempo y las distancias, ha planteado un nuevo “ciclo” de la historia, nuevas maneras de hacer historia y con ello nuevas formas de pensarla.

Es evidente que casi todas las sociedades se han visto sometidas a cambios y transformaciones de carácter coyuntural y estructural en éstas últimas décadas, ocasionadas principalmente por bien conocida revolución tecnológica cuyo énfasis radica en la información y ha erigido como emblema al Internet, el cual conecta a millones de personas en todo el orbe.

Actualmente podemos afirmar que el internet es más que un resultado último, bien podemos tildarlo como el producto de una sociedad que demanda nuevas soluciones a sus necesidades que cada día se hacen más complejas. Esta respuesta tecnológica, parte de todo un desarrollo acaecido en nuestra época contemporánea, esconde realidades sociales, económicas e incluso políticas. Huelga decir que debe su razón de ser a la masificación de los medios de comunicación, característica propia del siglo XX y del XXI.

Este proceso de masificación puede advertirse con la rápida proliferación de los periódicos que si bien existían en el siglo XIX, el carácter que poseían era de otro cariz; en el siglo XX es innegable la existencia de una prensa más sensacionalista. Sin embargo, es ingenuo afirmar que los medios de comunicación se restringen a los periódicos y al internet, existe toda una evolución pasando por la radio y la televisión hasta llegar a la comunicación electrónica. Es decir, el desarrollo de los medios de comunicación se debe a las necesidades de cada sociedad y a su capacidad de generar respuestas científicas y tecnológicas.

En sociedades cada vez más complejas, el historiador ya no solo es capaz de poner en un orden temporal, clasificar y situar objetos cuya estructura y función desconoce, el reto actual lo confronta a no trabajar de manera aislada sino más bien de manera conjunta, es decir establecer una relación de interfaz con otras disciplinas: sociología, artes, derecho, ciencias políticas e incluso aquellas que de antaño consideraba impensables: la ingeniería, la biología, la farmacología, por mencionar solo algunas.

Esta labor transdisciplinaria complica, sin duda alguna, la labor del historiador que se enfrenta no solo a las nociones de cambio y ubicuidad sino también a la de innovación, pero no a nivel de aquello que sucedió pues el “pasado, pasado es” sino a nivel de construir la historia, es decir, el historiador debe “innovar el proceso”, como percibe Thomas Kuhn, reconducir la noción de ciencia no a los productos sino a los procesos de elaboración: desarrollar una historia de carácter procesal, que no se quede aislada de la otras realidades sino establecer parangones constantes y que responda a los vacíos historiográficos actuales.
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